
Esta tradición que se estableció por iniciativa del Obispo de Lieja en 1264, fue institucionalizada bajo el papado de Urbano IV, llegó a nuestro país con los españoles y se trata de una fiesta de carácter religioso, celebrada en casi todos los municipios del Tolima, en algunos con un carácter eminentemente solemne donde prima lo religioso sobre lo festivo, mientras en otros el bullicio y la alegría eclipsa un poco la celebración religiosa. De cualquier forma, el simbolismo religioso se encuentra siempre presente en el parque principal que representa el paraíso en la arquitectura colonial heredada de la madre patria, el cual se adorna con arcos y altares, decorando los frentes de las casas con gran colorido, mientras la gente que no hace parte de los desfiles y las comparsas de matachines, rolos, cucambas o negritos, lucen sus mejores galas.
A las cinco de la mañana se escucha el primer toque del alba en los que se confunden los repiques de campana con los alegres aires de bambucos, pasillos, guabinas, porros y sanjuaneros de las bandas musicales, complementados con un sinnúmero de explosiones de pitos y voladores, en un cortejo de bulla y alegría con el que se llama a la población a participar en la más importante fiesta local. Mientras unos salen a recorrer las calles del municipio acompañando a los convocantes fiesteros, otros se quedan en sus casas colocando en sus frentes los adornos alusivos a la fiesta (altares, blasones, imágenes de santos o máscaras), mientras otros se dirigen al parque con guaduas y festones para adornar los arcos con frutas, panes, artesanías y productos agrícolas de la región o a brindar su apoyo a las beatas que con esmero y prontitud montan los altares ubicados en cada esquina del parque, en los que se detendrá la solemne procesión a celebrar un acto litúrgico especial destacando la magnificencia del Cuerpo de Cristo y toda la significación de la reafirmación de la fe en Cristo Sacramentado.
En medio de un cálido y festivo ambiente, en el que la chicha de maíz o la cerveza empiezan a correr como el río Magdalena, a lo lejos se escucha el retumbar de las tamboras y el alegre canto de las flautas, chuchos, tiples y guitarras, que anuncian la llegada de las comparsas y las danzas que venidas de otros municipios o de la zona rural de la población, recorrerán durante todo el día sus calles en procura de obtener unas cuantas monedas, un bocado de comida o un trago de cerveza, mientras se gozan la jornada. Allí es fácil encontrarse con un grupo de matachines (personas ataviadas con trajes multicolores elaborados de retazos, con sus rostros cubiertos con máscaras alusivas a animales de la región con gestos macabros y en sus manos largos palos de fina madera con los que elaboran la barbacoa para subir al diablo o a la matachina).
En cualquier esquina se encontrará también la danza mitológica en que bailan el mohán y la patasola, la madremonte y la llorona, el tunjo y el sombrerón, la madre de agua y la candileja, la mancarita y el guando; en fin, toda una comunidad de mitos y leyendas del Tolima que alegra la festividad de Hábeas. Y más allá de u n grupo de indios catufas o pijaos o una numerosa familia compuesta por un barbero y su fiel esposa –la famosa familia Castañeda-, seguidos de una gran prole de hijos que representan diversos quehaceres, también saludarán nuestra presencia en esta festividad que busca exaltar desde el campo religioso, representado por la eucaristía, la alegría del pueblo tolimense.
El Corpus Christie en el Guamo es una mezcla de elementos hispánicos e indígenas, de danza aborigen y auto sacramental a la que en los últimos años se le han agregado elementos como los desfiles de bandas marciales y el festival departamental de danzas Inés Rojas Luna, que organizan la Casa de la Cultura y la Red Folclórica del Tolima.
A las cinco de la mañana se escucha el primer toque del alba en los que se confunden los repiques de campana con los alegres aires de bambucos, pasillos, guabinas, porros y sanjuaneros de las bandas musicales, complementados con un sinnúmero de explosiones de pitos y voladores, en un cortejo de bulla y alegría con el que se llama a la población a participar en la más importante fiesta local. Mientras unos salen a recorrer las calles del municipio acompañando a los convocantes fiesteros, otros se quedan en sus casas colocando en sus frentes los adornos alusivos a la fiesta (altares, blasones, imágenes de santos o máscaras), mientras otros se dirigen al parque con guaduas y festones para adornar los arcos con frutas, panes, artesanías y productos agrícolas de la región o a brindar su apoyo a las beatas que con esmero y prontitud montan los altares ubicados en cada esquina del parque, en los que se detendrá la solemne procesión a celebrar un acto litúrgico especial destacando la magnificencia del Cuerpo de Cristo y toda la significación de la reafirmación de la fe en Cristo Sacramentado.
En medio de un cálido y festivo ambiente, en el que la chicha de maíz o la cerveza empiezan a correr como el río Magdalena, a lo lejos se escucha el retumbar de las tamboras y el alegre canto de las flautas, chuchos, tiples y guitarras, que anuncian la llegada de las comparsas y las danzas que venidas de otros municipios o de la zona rural de la población, recorrerán durante todo el día sus calles en procura de obtener unas cuantas monedas, un bocado de comida o un trago de cerveza, mientras se gozan la jornada. Allí es fácil encontrarse con un grupo de matachines (personas ataviadas con trajes multicolores elaborados de retazos, con sus rostros cubiertos con máscaras alusivas a animales de la región con gestos macabros y en sus manos largos palos de fina madera con los que elaboran la barbacoa para subir al diablo o a la matachina).
En cualquier esquina se encontrará también la danza mitológica en que bailan el mohán y la patasola, la madremonte y la llorona, el tunjo y el sombrerón, la madre de agua y la candileja, la mancarita y el guando; en fin, toda una comunidad de mitos y leyendas del Tolima que alegra la festividad de Hábeas. Y más allá de u n grupo de indios catufas o pijaos o una numerosa familia compuesta por un barbero y su fiel esposa –la famosa familia Castañeda-, seguidos de una gran prole de hijos que representan diversos quehaceres, también saludarán nuestra presencia en esta festividad que busca exaltar desde el campo religioso, representado por la eucaristía, la alegría del pueblo tolimense.
El Corpus Christie en el Guamo es una mezcla de elementos hispánicos e indígenas, de danza aborigen y auto sacramental a la que en los últimos años se le han agregado elementos como los desfiles de bandas marciales y el festival departamental de danzas Inés Rojas Luna, que organizan la Casa de la Cultura y la Red Folclórica del Tolima.


